Ingresar

Teoría

Temas de formación musical, recursos y comentarios.
Volver al inicio Volver al listado
Tema
REFLEXIÓN SOBRE EL PRIVILEGIO DE SERVIR
Reflexion Privilegiados al servir TODOS Pendiente Por DAVID VIDES
Por DAVID VIDES
Pendiente

REFLEXIÓN SOBRE EL PRIVILEGIO DE SERVIR


Hoy quiero compartir una reflexión con mucho respeto, pero también con mucha sinceridad.

No con el fin de señalar a nadie, sino para que cada uno examine su corazón delante de Dios.


Había una vez una persona a la que constantemente se le daba la oportunidad de servir.

No era alguien que nunca fuera tenido en cuenta. Al contrario, se le llamaba, se le incluía, se le daba el privilegio, se confiaba en ella y se esperaba que respondiera con amor y compromiso.


Pero casi siempre había una excusa diferente.


Un día decía que estaba enferma.

Otro día decía que tenía dolor de cabeza.

Otro día decía que no podía porque tenía que estudiar.

Después decía que estaba muy cargada de trabajo.

En otra ocasión decía que le había salido un compromiso.

Y así, una y otra vez, siempre aparecía una razón distinta para no asistir, para no cumplir, para no estar, para no servir.


Al principio, todos entendían.

Porque claro, hay situaciones reales, hay días difíciles, hay momentos en los que verdaderamente una persona no puede.

Y cuando eso pasa, lo correcto es comprender, apoyar y ayudar.


Por eso, al comienzo, todos le creían.

Le cubrían el lugar.

Reorganizaban todo.

Buscaban cómo resolver.

Y seguían adelante con amor, pensando:

“Bueno, puede pasar. Todos en algún momento tenemos una dificultad de verdad.”


Pero con el paso del tiempo, comenzó a notarse algo triste.


Aquella persona que decía que no podía servir porque estaba “muy enferma”, luego aparecía haciendo otras cosas sin problema.

La que decía que no podía porque tenía “mucho estudio”, realmente no estaba estudiando justo en ese momento.

La que decía que estaba “muy cargada de trabajo”, en realidad quizás ya había llegado a casa, estaba cansada, sin ánimo, y simplemente no quería salir otra vez.

La que decía que no podía por “compromisos importantes”, a veces terminaba apareciendo en reuniones, celebraciones, salidas o en cualquier otro lugar.


Y poco a poco se empezó a ver que muchas veces no era que de verdad no podía…

Sino que simplemente no quería hacer el esfuerzo.


Entonces ocurrió algo aún más delicado:

cualquier cosa comenzó a parecer más importante que servirle a Dios.

Cualquier plan.

Cualquier salida.

Cualquier comodidad.

Cualquier excusa.

Cualquier bobada.

Hasta, por decirlo de alguna manera, parecía más fácil aceptar una invitación a “ir a ver rocas” que asumir con amor y responsabilidad el privilegio del servicio.


Y así, sin darse cuenta, aquella persona empezó a convertir las excusas en costumbre.

Y cuando las excusas se vuelven costumbre, el corazón comienza a enfriarse.

Se pierde la sensibilidad.

Se pierde el temor.

Se pierde la seriedad con la que debe asumirse la obra de Dios.

Y también se empieza a afectar la confianza de quienes creen, esperan y cuentan con uno.


Porque no se trata solo de faltar un día.

Se trata de que cada excusa repetida va dejando una marca.

Cada justificación que no es del todo sincera va desgastando la credibilidad.

Cada vez que se evade una responsabilidad, algo se rompe.

Y aunque parezca pequeño, con el tiempo el daño crece.


Hasta que llegó el día en que esa persona sí tenía una dificultad real.

Esta vez sí era verdad.

Esta vez sí no podía asistir.

Esta vez sí necesitaba comprensión.

Esta vez sí había una razón genuina.


Entonces avisó, explicó lo que estaba pasando y esperaba que le entendieran.

Pero muchos, al escucharla, pensaron:

“Seguramente es otra excusa más.”

“Debe ser lo mismo de siempre.”

“Otra vez está diciendo que no puede.”


Y fue allí cuando aquella persona entendió una verdad muy dolorosa:

cuando alguien se acostumbra a poner excusas para evadir su responsabilidad, llega el momento en que aun diciendo la verdad, ya no inspira confianza.


Y eso es algo muy serio.


Porque la confianza no se pierde de una sola vez.

Se pierde poco a poco.

Se pierde con cada excusa innecesaria.

Se pierde cuando dejamos que la comodidad sea más grande que el compromiso.

Se pierde cuando queremos disfrutar del privilegio de ser tenidos en cuenta, pero no queremos asumir la responsabilidad que eso implica.


Ahora bien, la reflexión más importante es esta:


Servirle a Dios no es una carga.

Servirle a Dios es un privilegio.


Es un honor que Él nos permita estar en Su obra.

Es un regalo inmerecido.

Es una muestra de Su confianza y de Su gracia.

No todos valoran ese privilegio, pero quienes lo entienden, saben que servir no es cualquier cosa.


Servir no debería depender solo de si “tengo ganas”.

Servir no debería depender solo de si “me queda fácil”.

Servir no debería hacerse solo cuando no interrumpe nuestra comodidad.

Porque entonces ya no estamos sirviendo con amor, sino solo cuando nos conviene.


Y sí, es verdad:

hay días pesados,

hay cansancio,

hay estudio,

hay trabajo,

hay ocupaciones reales,

hay momentos en los que una persona sinceramente no puede.


Pero también es verdad que muchas veces decimos “no puedo” cuando en realidad sería más honesto decir:

“Sí podría, pero estoy cansado.”

“Sí podría, pero no tengo ganas.”

“Sí podría, pero no quiero hacer el esfuerzo.”

“Sí podría, pero prefiero mi comodidad.”


Y ahí es donde debemos ser sinceros con nosotros mismos y con Dios.


Porque una excusa adornada sigue siendo excusa.

Y una excusa repetida termina revelando una falta de amor, de compromiso o de prioridad hacia la obra de Dios.


No podemos acostumbrarnos a eso.

No podemos volver normal el evadir.

No podemos tratar el servicio como algo opcional, liviano o secundario.

No podemos permitir que cualquier plan, cualquier distracción o cualquier bobada tenga más peso en nuestro corazón que el privilegio de servirle al Señor.


Servir a Dios debe hacerse con amor.

No por presión.

No por quedar bien.

No por apariencia.

No por costumbre.

Sino con amor verdadero.


Con gratitud.

Con reverencia.

Con responsabilidad.

Con sinceridad.

Con disposición.

Con un corazón que entienda:

“Señor, gracias porque entre tantas personas, Tú me permites servirte a Ti.”


Por eso hoy la invitación no es a juzgar a otros, sino a revisarnos por dentro.


Preguntémonos con sinceridad:


¿Estoy valorando de verdad el privilegio que Dios me dio para servir?

¿Estoy sirviendo con amor o solo cuando me queda cómodo?

¿Estoy siendo honesto con mis razones?

¿Estoy poniendo excusas para evitar lo que en realidad sí podría hacer?

¿He dejado que el cansancio, la comodidad o la falta de ganas tengan más fuerza que mi compromiso con Dios?

¿Estoy cuidando la confianza que otros han depositado en mí?


Porque al final, servir en la obra de Dios no debería ser algo que tratemos a la ligera.

Es un privilegio santo.

Es una oportunidad hermosa.

Es una responsabilidad que debe asumirse con seriedad.


Que Dios nos ayude a no despreciar Su obra.

Que Dios nos ayude a no poner excusas donde debería haber disposición.

Que Dios nos ayude a no cambiar el privilegio del servicio por cualquier distracción pasajera.

Y que nunca permitamos que nuestra comodidad sea más grande que nuestro amor por Él.


Que todo lo que hagamos para Dios, lo hagamos con amor, con verdad y con responsabilidad.

Y que nunca olvidemos que servirle no es una carga, sino un privilegio que muchos quisieran tener y no valoran como deberían.


Porque cuando entendemos quién es Dios, entonces servirle deja de ser una obligación… y se convierte en un honor.

Recursos
Sin recursos cargados.
Comentarios
Solo lectura pública. Para ver/agregar comentarios y marcar leído, inicia sesión con rol de música.